El Rey del Mote con Huesillo

Posted on febrero 1, 2011 por

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Hace unos pocos días atrás, mientras tenía que hacer unos trámites en el centro de Santiago y con mucho tiempo de espera, incluso cuando me estaban atendiendo a mí y mi madre – mi apoderado, mi secretaria, mi amiga, entre otras cosas más -, parecía ridículo estar esperando al frente de un cubículo a una persona que se excusa con corregir el propio error que había cometido hace unos meses.

Eran cercano a las once del día, un día con un calor indispuesto por la corriente de la niña, Enero del 2011. No soy de los que son impacientes, pero sí soy de los que si puede hacer algo en el “tiempo muerto” que nos entrega las visceralidades de la ciudad, lo hago. Primero, salí a darme una vuelta fuera del cubículo en la parte de finanzas de mi universidad, para finalmente salir de mi facultad y darme una vuelta por el barrio. Recordando que estaba en ayuno, yo y mi madre, fui dispuesto a satisfacer esa necesidad que es la primera comida del día. Después de unos minutos, me devolví al cubículo con unos burritos, wraps, tacos,o  como usted desee llamarlos.

Ya satisfecha una de nuestras necesidades, aun sentía las ganas de no lidiar con el tiempo muerto, así que dispuse de lidiar con algo que llevaba mucho tiempo dentro de mí. Conocer al Rey del Mote con Huesillo. Podría decirse que existen muchos “Reyes del Mote”, algunos situados más al centro de la capital o lejos de ella, como en Concha y Toro camino a Pirque. Pero el que yo conozco, de casi toda la vida, y que no había podido ir nunca, estaba cerca del barrio de mis tios. Cerca del Parque O’higgins, mas específico , en unas de las esquinas del Club Hípico, Rondinzonni con Club Hipico.

Le dije a mi madre: Voy al Rey del Mote con Huesillo. ¿Sí, vas a ir caminando? Ojalá que esta vez lo encuentres abierto. Estas últimas palabras denotan claramente mi mala suerte con mis placeres culpables, en el último tiempo, cada vez que estaba cerca del Parque O’Higgins, o incluso haciendo los mismos trámites de mi Universidad, había intentado pasar por ahí. Una vez, me perdí en el automóvil por no saber la dirección y las vías de las calles; dos veces, demasiado temprano; una vez demasiado tarde, se había acabo todo a eso de las seis de la tarde.

Partí mi rumbo, sin radio por no andar con los audífonos de mi cel, disfrutando que no había mucho calor aún cercano a las doce del día. Disfruté, como siempre, de la arquitectura de muchas de las construcciones de la calle República: el Museo de la Solidaridad (Fundación Salvador Allende) siempre impecable y con turistas esperando a fuera; una Sucursal o propiedad de la Universidad de Chile que realmente es imponente, siempre me he preguntado por los arquitectos y su función hoy en día (tarea aún pendiente); también las casas oriundas tienen historias que contar, como la que había sido utilizada por ocupas.

Reconozco, que para llegar al Rey del Mote con Huesillo, me tuve que dar una vuelta demasiado larga, pues ignoraba realmente su ubicación y confiaba en que los terrenos del Club Hipico eran como un cuadrilatero, pero para el dolor de mis pies, al roce de las chalas de cuero, es un pentágono. Baje por Blanco Encalada, después doble a mi izquierda para adentrarme en Abate Molina, ignoré que luego se llamaba Avenida Mirador. Al darme cuenta que no era un cuadrilátero, y que pude haber seguido derecho por República , me saco una buena risa. Finalmente, llegue a Rondizzonni y ya pude divisar el local.

El local, pareciera ser la arista del pentágono, el cual a su lado izquierdo hay muchas sillas para los clientes y un basurero respectivo para botar el cuesco del huesillo. Estaban atendiendo dos personas, una de ellas muy parecida al conejo – dueño de una cadena en Chile y el extranjero de maní confitado – y estaba conversando con una señora que trabajaba con los caballos del Club Hípico. Entre lo que pude oír, mientras hacía mi pedido, el cual tan sólo tuve que responder al gesto icono de nuestra sociedad “un alzamiento de la cabeza, con el mentón apuntando a la persona en su dirección” con un “gigante”. Alrededor de mil cien pesos desembolse, en un exquisito brebaje.

 

La caminata debió haber hecho que mis pupilas degustativas sean más permisivas, aun así encontré que la calidad del brebaje era notable, no lo puedo comparar con los caseros o otros carritos, si algún comerciante se la jugará en hacerlo bebida para las masas se hace millonario.

Pude ver como llegaba gente, paraban muchos automóviles en los cinco minutos que estuve ahí, tuve con ganas de repetirme otro, pero se me podía hacer tarde. Camine contento, entre las sombras de los grandes árboles de la Avenida Club Hípico, satisfecho y contento por haber saciado mi sed física y de conocimiento (de un lugar común). Así se matan los tiempos muertos.

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